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En nuestra sociedad existen diversos temas que son tabú: a muchos les molesta y evitan hablar de la muerte; a muchos más, del suicidio.  Pero si el tema a tratar son los abusos sexuales infantiles, la mayoría asegura que, en su entorno, eso no pasa. Todo aquello que es considerado tabú, no puede frenarse de ningún modo.

No hace falta irse a otro país, ni buscar en otra esfera social. Aquí, en nuestro alrededor, tal vez un amigo o un familiar ha sufrido en silencio un abuso que no se atreve ni a recordar. “…la sociedad todavía cree que esto pasa poco y que cuando pasa es en ámbitos alejados de su realidad. Por otro lado, el tabú del sexo relacionado con la infancia, implica un escándalo social que impide su reconocimiento” 1  La cruda realidad es que decenas de niños y niñas son abusados a nuestro alrededor.2 Si no le damos visibilidad a los abusos sexuales tampoco permitimos que quien los sufre o ha sufrido se exprese. El silencio de la sociedad facilita que siga sucediendo y, lo más terrible, facilita que la víctima se sienta culpable y avergonzada.
Un niño, un adolescente o un mayor que es abusado es una víctima. No se trata de la medida de abuso; tal vez hayan sido tocamientos, o le hayan obligado a desnudarse ante el adulto, o puede que haya habido penetración.

¿Qué siente una criatura cuando alguien abusa de su cuerpo?

En primer lugar, incomprensión. Desconoce que aquello no está bien, a pesar de su incomodidad. Siente vergüenza cuando el adulto le mira con deseo. No sabe cómo parar lo que sucede y no le gusta. Hace lo que le dicen porque el abusador es una figura de poder a la que temen decepcionar o temen sus represalias (en muchas ocasiones son los padres, tíos, profesores, quienes actúan). Con el intento por racionalizar los hechos, viene el sentimiento de culpa. Así la víctima queda destrozada emocionalmente y culpabilizándose de lo sucedido. Las secuelas del abuso pueden prolongarse el resto de su vida, hasta que hable y conecte emocionalmente con lo que sucedió para empezar a trabajar las emociones y los recuerdos.

Algunas reacciones que presenta la víctima a partir de ese momento pueden ser: Dificultades para dormir y pesadillas. Aislamiento, depresión, agresividad, pánico, desconfianza. Confusión mental y sesgo en los recuerdos. Confusión en la orientación sexual y prácticas de riesgo. El niño, el adolescente (incluso el adulto) puede huir de casa e intentar suicidarse.

Con frecuencia, la mente de la víctima borra todo o parte del recuerdo. A medida que pasan los años, incluso puede llegar a dudar de lo sucedido o cambiar su interpretación sobre los hechos, cosa que hace que se sienta más culpable, diciéndose: “qué horrible soy por inventar algo así” Mientras no haya nada que le rescate de su enturbiado pasado, seguirá creciendo como un adulto dañado que no sabe de qué debe curarse y sintiendo una herida que le corroe.

La toma de conciencia es dura y con ella brota de nuevo la culpa y la vergüenza que siente la víctima, aunque no le corresponda. A pesar de ello, las siguientes fases aún serán más difíciles, porque deberá devolver esa culpa y esa vergüenza a quien le corresponde: a su agresor. Surgirán mil dudas de cómo hacerlo. Si se trata de un familiar, pasará por un vértigo de emociones difícil de llevar solo. Temerá equivocarse, herir, ser rechazado, ser tratado por loco o por mentiroso… Le reconfortará pensar que ha podido llegar hasta aquí y que sólo le falta dar un paso más para liberarse: hablar con su perpetrador. También debe saber que puede pedir ayuda.4

¿Cómo evitar, en lo posible, estos abusos?

Lo más importante es tener una comunicación clara y precisa: enseña a tu hijo que nadie puede tocar su cuerpo sin que él lo permita; respeta cuando no quiera dar un beso o abrazar a alguien; ayúdale a reconocer los límites de sus zonas íntimas, las que no debe mostrar ni dejarse tocar; crea un clima de confianza y tranquilidad en el que se sienta cómodo para pedirte ayuda y contarte sus cosas. Enséñale que hay secretos buenos y secretos malos y que si el secreto le preocupa o incomoda, es mejor que te lo cuente. Con niños pequeños se puede utilizar cuentos que fomentan la responsabilidad sobre el propio cuerpo.3

Entre todos podemos ayudar a preservar esa maravillosa inocencia infantil y ayudar a nuestros hijos a que se valoren y respeten.

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