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Una relación de pareja implica asumir unos acuerdos por ambas partes. Entre estos pactos está la fidelidad. La mayoría de las veces, no se especifica qué interpretación da cada miembro a éste término, asumiendo que el otro pensará lo mismo que nosotros. Tal vez tengamos ciertas reservas para precisar qué esperamos del otro sobre este tema, mas su concreción nos evitaría grandes malentendidos.

Ser fiel implica actuar sin traicionar la confianza que el otro deposita en nosotros. Es un valor moral que nos impulsa a cumplir con los pactos en pro de la relación.

La fidelidad es una decisión individual atada a valores personales. Si queremos ser amados con libertad, no podemos imponer las reglas. El otro tiene sus propios principios y él decide si actúa siguiéndolos o no, aunque tendrá que aceptar las consecuencias.

¿Quieres que te amen o quieres que te obedezcan?
Pedir al otro que haga o no en función de lo  que uno hace o deja de hacer es el equivalente a hacerle de gerente o de domador; ponerse por encima de la pareja. Lo que anuncia una ruptura casi segura.

Cada uno vive la relación de una manera determinada y la cuida o no según su necesidad. Ambos toman sus decisiones y cada parte se responsabiliza de lo suyo. Lo que no quita que se dé por finalizada una relación con grandes desacuerdos y con necesidades sin equilibrio.

¿Para qué ser fiel?
Si lo que nos hace bien es tener esa relación, ese vínculo con el otro, el respeto y lo que decidimos hacer y no hacer depende de nosotros mismos. Tomamos nuestra propia responsabilidad con ese vínculo y no hacia esa persona. Si creemos que lo que tenemos vale la pena conservarlo, lo cuidamos y lo respetamos.

Puede parecer que no actuemos porque nos frena el daño que podríamos hacer al otro, y eso no es cierto. Cuando ponemos al otro de excusa para nuestros actos, huimos de la responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida.

Nuestros actos no pueden depender de los actos del otro, sólo somos libres cuando decidimos al margen del otro y en favor a lo que nos hace bien o mal.

Cuando somos fieles o infieles no lo somos a una persona sino a una unión y a nosotros mismos. Cada uno decide cómo quiere vivir y cómo quiere cuidar lo que tiene. Si somos fieles, lo somos sobre todo a nuestros principios y a ese vínculo que nos hace feliz.

Si la pareja fuera otra persona actuaríamos de la misma manera, si la relación la sintiéramos igual. Por lo tanto, la fidelidad no depende del otro si no exclusivamente de nosotros. Si mentimos, si somos infieles, es a nosotros a quien traicionamos y faltamos al respeto; el otro podrá vivir sin nosotros pero nosotros tendríamos que vivir con la carga de no poder cumplir con los pactos de pareja, sin principios que sustenten la relación ni auto-respeto.

Ya que la decisión es individual, tampoco vale la pena preocuparse por lo que el otro haga o deje de hacer. Si la relación suma a nuestra vida, lo más sano es confiar. El otro ya se responsabilizará de lo suyo, como nosotros lo hacemos de lo nuestro.

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