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La historia del arte emplea la expresión latina horror vacui, miedo al vacío, para referirse a obras repletas de elementos, sin espacios que dejen ver el fondo. Actualmente, más allá del arte, este miedo al vacío parece haber impregnado gran parte de la sociedad. 

Nos movemos acelerados por las calles, haciendo varias cosas al mismo tiempo; ocupamos todas las horas de la agenda y buscamos estímulos externos que nos entretengan cuando no tenemos tareas inmediatas.

Es habitual leer el periódico mientras tomamos el café y respondemos los WhatsApps. O caminar para encontrarnos con un amigo mientras repasamos Facebook o publicamos fotos en Instagram. Y no olvidemos que todo ello se puede hacer con el hijo de la mano y en el tiempo del paseo de nuestro perro.

Apenas nos detenemos unos minutos, ya estamos pensando qué hacer más tarde, dónde ir y con quién. Nos olvidamos del presente preocupados por el futuro, y rellenamos cada minuto con tantas actividades que apenas nos damos tiempo a degustar ninguna de ellas.

Para compensar el estrés autogenerado, nos apuntamos a yoga, quedamos a todas horas con los amigos o pedimos remedios al farmacéutico. En definitiva, seguimos buscando fuera algo que nos distraiga de nosotros y adormezca la auto-consciencia. Reclamamos distracciones que nos saquen de la rutina y terminamos haciendo una rutina de las distracciones.

Con el ritmo acelerado de esta sociedad multitarea en la que estamos inmersos, resulta muy difícil frenar de forma sostenida. Puede que consigamos pequeños momentos de calma, pero nos es difícil darles continuidad. Nos sentimos tan atraídos por el entorno, que pronto volvemos a caer en el ritmo frenético, olvidándonos de nosotros mismos para fundirnos en esa masa de actividades. 

Si tenemos algún problema importante o sentimos dolor emocional, acostumbrados a esta huida de nosotros, nos procuraremos mayor número y mayor intensidad de estímulos. De esta manera, el contacto con los amigos, la bebida, la comida, el deporte… pasan a ser algo prioritario que nos ocasiona cierta dependencia. A mayor dolor, mayor búsqueda de esos estímulos, para intentar taparlo, sin darnos cuenta de que lo que realmente vamos a lograr es aumentar el nivel de ansiedad e incluso del propio dolor. 

¿Cómo frenar esta espiral de autoengaño?

Para empezar, debemos ser conscientes de lo que nos está sucediendo; con el exceso de tareas y las prisas, podemos descuidar esta información básica. Una vez concienciados, podemos ir racionando el acceso a los elementos que más nos distraen: apagar un rato el teléfono; reducir las tareas propuestas; limitar las actividades simultáneas para empezar a hacerlas una tras otra… e ir tomando conciencia de lo que estamos haciendo en el momento preciso: al ducharnos, sentir el agua sobre la piel; al caminar, notar qué parte del pie está tocando el suelo… y así mantener la atención sobre nosotros para poder pisar el freno cuando nos desboquemos y volvamos a nuestra descontrolada actividad frenética.

La organización y priorización de tareas, nos ayudará a descartar aquellas que son innecesarias. Aprender a decir que no y dejarnos ayudar, nos facilitará muchos asuntos. Afrontar los problemas sin posponerlos y tomar decisiones, aunque la solución no sea perfecta, impulsará nuestra autoestima. Aprender a relajarnos, dormir lo necesario y comer equilibradamente, nos permitirá estar más vitales y despejados.

Habrá momentos difíciles en los que nos parecerá que no somos productivos a ese ritmo o que no damos suficiente intensidad a nuestra vida. No pasa nada; la mente busca excusas para seguir huyendo y distrayéndose. Sencillamente, podemos inspirar profundamente y dar espacio a las emociones que hayan en el cuerpo, respetando el momento presente y respetándonos a nosotros mismos.

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