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 Hace unas semanas tuve que despedirme de varias personas por motivos laborales y comprobé lo difícil que le es a muchos romper la relación por corta que ésta sea. Parece que un adiós sin hasta luego no pueda tener cabida dentro de nuestro mundo. Lo que me resulta curioso, teniendo en cuenta la celeridad con que tomamos y perdemos contacto con múltiples cosas y personas.

¿Por qué nos cuesta desprendernos de una relación a la que nos hemos acomodado? A lo largo de la vida, vamos tejiendo lazos con cada relación y, al desprendernos de algunos, nos sentimos inestables. Aquello que nos aferra a lo conocido es el miedo a sentir dolor y vacío. Una vez separados de esa persona, tenemos un tiempo y un espacio, el que ocupábamos con ella, que nos queda libre; lo que nos empuja fuera de nuestra zona de confort. La dificultad crece exponencialmente, si la separación es en ámbitos como la amistad, la pareja o la familia.

 ¿Qué hay de aquellos que ni se despiden? No son pocos los que, apelando a una fuerte emotividad, huyen de las despedidas. Esta es la opción de los abandonadores, pues no dan explicaciones ni cierran el capítulo. Desaparecen, confiando en que el tiempo borrará su recuerdo o que sólo mantendrá lo agradable. Al no decir adiós, se priva al otro de iniciar su duelo y de desprenderse de las ataduras. El duelo, en mayor o menor intensidad, es imprescindible para superar la pérdida. Al pretender evitar el dolor de la perdida lo que se consigue es volverse dependiente y no cerrar el capítulo relacional.

 Algunos pueden despedirse de forma rápida, incluso brusca. En una retirada a gran velocidad que pretende no sentir el dolor del irse desprendiendo. Esta manera de actuar también deja sin cerrar la relación. No permite agradecer ni esclarecer los posibles temas pendientes. El ciclo sigue abierto y ambas partes cargan con el lastre de lo inconcluso.

¿Cómo dejar ir? Viviendo el proceso de la despedida, por incómoda, dolorosa y difícil que sea. Al alejarnos definitivamente de alguien, la despedida forma parte del proceso de duelo. Con ella, las emociones pueden ser reconocidas, para transitarse y superarse. El proceso de ruptura se inicia con la toma de conciencia de lo que hay, la valoración sin reproches de lo vivido y el deseo de un buen futuro para ambos. Es importante hacerlo sin buscar excusas que rehuyan ese adiós, y sin especular sobre las posibilidades de un próximo encuentro que resten importancia a la despedida. Soltando definitivamente la relación, con tristeza, con dolor y con gratitud.

Decir adiós, despedirse con conciencia, nos permite dejar ir al otro y a nuestra unión. Con la despedida cerramos una etapa, idealmente, sin dejar temas pendientes. Tal vez se mantenga un contacto en la distancia pero la relación deja de ser la misma.

No perdemos a las personas al despedirnos, simplemente cerramos un ciclo para poder abrir otro. Todo aquel que se cruzó en nuestro camino dejó algo suyo en nosotros, de la misma manera que nosotros dejamos algo nuestro en cada individuo con el que compartimos pasos. Al cerrar el ciclo, nos damos la posibilidad de liberarnos de los lazos invisibles que una vez nos unieron, para poder avanzar holgadamente a otros encuentros.

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