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Por estas fechas, acostumbramos a hacer un repaso de lo vivido y un listado de propósitos para el año nuevo. Es una excelente época para aprender de los errores y agradecer aquello que nos ha hecho más felices durante el año.

Mientras catalogamos las vivencias, podemos detenernos y escuchar a nuestro organismo. Cada vez que nos recriminamos y cada vez que nos elogiamos, nuestros pensamientos impactan en él. Las críticas tensan y encogen cuerpo, lo que nos quita fuerza; los halagos lo alzan y permiten ampliar la respiración, lo que nos empodera, nos fortalece.

¿Qué nos ayudará a construir un buen 2016? Ser consciente de lo mejorable favorecerá nuestro crecimiento y perfeccionismo pero también necesitamos de un impulso para actuar, de nuestro motor. Conseguirlo es simple, tan solo se necesita que nos hablemos bien. Las palabras adecuadas nos darán fuerza y cariño a cada paso, con cada esfuerzo, caída y logro.

Aquello que nos decimos es la fuente de nuestras emociones, motivaciones y energía. Nuestras palabras, nuestros pensamientos, nos acompañan en todo momento. Con ellas podemos alcanzar o frenar cada avance. Si tenemos cuidado en cómo nos hablamos, tendremos tanta fuerza, confianza y calma como necesitemos. Tan solo es necesario estar atentos a nuestro diálogo interior y poco a poco ir modificando la forma de hablarnos.

El objetivo es permitir que nuestro vocabulario facilite que alcancemos nuestras metas, empleando palabras positivas y posibilitadoras. Nos podemos ayudar dándonos ánimo y escuchando nuestras necesidades con respeto, librándonos de autocríticas y juicios. Podemos crecer más con aprecio a lo que somos que con ataques por lo que deberíamos ser.

Así, mi propósito para este nuevo año es hablarme con cariño, respeto y comprensión. ¿Cuál es el tuyo?
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