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Normalmente entendemos cómo comunicación al mero diálogo exterior en el que los interlocutores adivinan e interpretan lo que quiere decir el otro. Cuando las interpretaciones son negativas, la autoestima sale dañada y el contacto se interrumpe. Podemos escuchar palabras que nos hieren sin que el emisor pretenda causarnos daño. Sencillamente tenemos una asociación de ideas y una historia diferente, por este motivo, los desencuentros se dan más por interpretaciones erróneas que por intención consciente. El cerebro dota de sentido aquello que recibe, produciendo un sentimiento agradable o desagradable, tras el que actuamos mediados por unas reglas aprendidas. Con las palabras construimos el sentido, por eso tienen el poder de influir en las relaciones.

A menudo las personas actuamos sin ser conscientes de cómo nos comunicamos, generando un rechazo en el otro, que no comprendemos y que resta nuestra autoestima. Las reglas de comportamiento las aprendimos, principalmente, en nuestra infancia y las seguimos utilizando aunque nos frustren por imposibles. Los introyectos que tragamos de nuestros padres y su manera de ver el mundo, son los que alimentan estas reglas nos garantizan sentimientos de culpa, fracaso e ira. El pasado es el cimiento sobre el que construimos nuestro presente. Si queremos un futuro diferente, tendremos que cambiar nuestra manera de actuar.

Para minimizar malas interpretaciones podemos emplear diferentes recursos:

– Hablar en primera persona para dejar claro que la responsabilidad de aquello que se dice es del emisor. En cambio, si nuestras apreciaciones las atribuimos al interlocutor, pueden sonar a acusación o a orden.

– Evitar totalizar y generalizar. El “todo” y el “siempre” presentan más dramatismo que realidad.

– Preguntar aquello que no se ha entendido en vez de suponer y fantasear.

– Prestar atención a los cuerpos, su posición y su proximidad. La posición de los interlocutores facilita o no el contacto y la comunicación. Que estén con la mirada frente a frente y a la misma altura y a una distancia en la que al estirar los brazos se puedan tocar, facilita el entendimiento comunicativo. La posición modifica el tipo de contacto que surge, tanto que incluso la distancia puede deshumanizar y ocultar los sentimientos.

– Comunicarnos con coherencia. La coherencia se muestra en el reflejo exterior de nuestro interior, dónde los gestos, las palabras, los sentimientos y las acciones tienen que ser conocidas y aceptadas por el emisor para que se vean acordes para el receptor. Cuando hay coherencia, las partes fluyen y se interrelacionan tal y cómo son. Si no hay coherencia, basamos las relaciones en un juego de poder para ayudarnos a obtener la autoestima que no tenemos.

La armonía se consigue con una comunicación coherente. Para que haya coherencia tenemos que ser conscientes de cómo se nos percibe para comprobar que lo emitido externamente está acorde con nuestras sensaciones internas. Si nuestra imagen o tono da una información diferente a los sentimientos internos, podemos sentirnos frustrados e incomprendidos.

Ante nuestra incoherencia podemos acercarnos a aquellos individuos semejantes a nosotros, dónde nos sentimos seguros y la comunicación acostumbra a ser más armónica. Esta semejanza nos aporta comodidad pero poco crecimiento. El aprendizaje nos vendrá de lo desconocido, de lo diferente y de lo incómodo.

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