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Reiteradamente huimos de la muerte o nos negamos a reconocerla, como si con ello pudiéramos alargar la vida. Y es precisamente su reconocimiento respetuoso lo que nos hace estar más vivos. La muerte es una realidad que a todos nos llega. ¿Para qué negarla? ¿Realmente eso nos hace sentir mejor?

Cuando un ser querido fallece, el dolor y la rabia son emociones habituales. El proceso de duelo, tiene diferentes fases por las que vamos a pasar: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Intentar saltar alguna de éstas, o vivirlas rápidamente, frena la superación de la pérdida.  Mientras que aceptar nuestras emociones y darles espacio, nos permite pasar de una fase a otra hasta la aceptación.

Parece que, sea como sea, la muerte incomoda a muchos. Por ello nos es tan difícil aceptarla, principalmente, en personas cercanas y en nosotros mismos. A veces estamos tan apegados a la rutina que no permitimos que se rompa con algo tan definitivo. Tal vez, lo que más duele es ese apego al que nos aferramos y la congoja no sea porque esa persona ya no está, sino porque nosotros ya no podremos disfrutarla. Así brota un egoísmo que no nos permite soltar su recuerdo con una sincera mirada de respeto a su destino.

Por suerte, aún estamos vivos, a priori, por mucho tiempo. Antes de que no se pueda hacer nada, mientras el aire siga llenando nuestros pulmones, hagamos y digamos aquello que el corazón nos está pidiendo. Para ésta particular comunicación,  nos ayudará el tomar conciencia de que no somos eternos y de lo mucho que podemos llegar a echar de menos.

Imaginemos que alguien con el que tenemos un fuerte vínculo fallece. Más allá del dolor que la pérdida nos causa, hay temas que quedan pendientes y que también pesan. ¿Qué nos ha quedado por hacer o decir? ¿De qué nos arrepentimos de haber dicho o hecho? Ya que tarde o temprano nos encontraremos en una situación similar, hoy podemos plantearnos una manera de estar en el mundo en la que no vayamos dejando temas pendientes. O ¿queremos seguir obviando esa parte de realidad?

Imaginemos por un momento que nos quedan tres días de vida. Sí, días; ni tres segundos que poco permitan hacer, ni tres meses que nos hagan creer que serán más. ¿A quién vamos a llamar, a abrazar? ¿Con quién vamos a reír y llorar por última vez? Tal vez nuestra opción sea quedarnos a solas o hacer ver que no pasa nada: ¿Para qué actuar así? ¿Qué evitamos?

A pesar de planes, prisas, desacuerdos… mientras vivimos, seguimos necesitando de otro ser humano. Frenemos nuestras excusas diarias, dejemos de lado ese orgullo que nos separa, y tomemos consciencia de lo que es realmente valioso para nuestro corazón. ¿Cuánto tiempo vamos a esperar para decirle a esa persona que es importante para nosotros?

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