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Por más desprendidos que pretendamos ser, muchos de nosotros, necesitamos dar y recibir amor. Dicen que los niños desarrollan mejor su sistema inmunitario si reciben mucho amor. Incluso un abandono afectivo les puede llevar a la muerte, a pesar de estar alimentados. Los adultos, a pesar de nuestros recursos, no somos menos. 

Podemos considerarnos autosuficientes, mostrarnos fríos y distantes, o aislarnos de nuestras emociones para no sentirlas. Tal vez distracciones varias o relaciones esporádicas nos hagan creer que no hace falta más. Pero un sentimiento de melancolía o insatisfacción nos irá invadiendo para que tomemos consciencia de nuestra necesidad. 

Reconocer que lo que nos llena y hace felices es dar y recibir amor, lejos de hacernos vulnerables, aporta consciencia y sinceridad a nuestras relaciones. Cuando sabemos cuál es nuestro objetivo, podemos ir hacia él y dejar de lado las actuaciones pasadas que tan poco bien nos hacían. 

¿Qué nos frena? En repetidas ocasiones, el miedo al dolor, a no ser correspondidos, al abandono o al sufrimiento, nos hace alejarnos del amor como si de un problema se tratara. 

¿Qué trabas nos ponemos? Puede que con nuestras ansias de amor, acorralemos al otro colmándole de atenciones, por miedo a perderle, hasta agobiarle. O que le dejemos a las primeras de cambio para evitar ser abandonados. O que sigamos negando que es el amor lo que nos mueve en la vida.

Cuando actuamos así, ¿qué es lo que realmente conseguimos?  Nos alejamos de nosotros mismos, menospreciamos nuestras necesidades y nos fallamos. Si lo que queremos es amor, a quien tenemos que amar primero es a nosotros mismos. Para que el otro pueda amarnos y respetarnos primero tenemos que amarnos y respetarnos nosotros.

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