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Al hacernos padres, nos encontramos con la responsabilidad de criar, cuidar y educar a un ser humano. Ante esta labor, surgen algunas contradicciones que nos acompañan a lo largo del tiempo: los valores, las emociones, los aprendizajes, los instintos, lo cultural, lo racional… toman forma en nosotros para guiarnos y acompañar el proceso, unas veces con más coherencia que otras.

El cuidado va más allá de los aspectos vitales y la educación; y más allá de los sociales. Hay también un cuidado emocional que ayudará a ese pequeño ser a desarrollarse felizmente.

Con la mejor de las intenciones, nos equivocamos y acertamos. Con el más profundo amor, herimos y cuidamos. Con nuestra historia cargada de haceres y recursos, ponemos obstáculos y potenciamos. Incluso el amor, puede resultar ser demasiado pesado y la flexibilidad demasiado caótica. Entonces, ¿cómo conseguir un buen acompañamiento?

La mejor forma de educar y cuidar es la que se hace con consciencia, coherencia y conexión. Se trata de acompañar a los hijos respetando su propio proceso de crecimiento. Siendo conscientes de nuestros actos y deseos, de adónde queremos ir y hacia dónde nos lleva nuestra manera de guiar. Si conectamos lo que sentimos con lo que pensamos y hacemos, nos será más fácil servir de escolta. 


Cuando estamos en sintonía con nuestra particular verdad podemos apreciar las necesidades de nuestro hijo como individuo diferente a nosotros, respetarlo y ayudarlo a desarrollarse en su plenitud. 


Ya que todo acto tiene su efecto, esta poesía de Dorothy Law Nolte nos puede abrir, un poco, la conciencia:

“Si los niños son educados entre reproches,

aprenden a condenar.

Si son educados con hostilidad,

aprenden a ser agresivos.

Si viven con miedo,

aprenden a ser aprensivos.

Si son tratados con lástima,

aprenden a autocompadecerse.

Si son puestos en ridículo,

aprenden a ser tímidos.

Si viven en competencia,

no aprenden a compartir.

Si son regañados por sus errores,

aprenden a sentirse culpables.

Si viven carentes de estímulo,

aprenden a no confiar en sí mismos.

Si no conocen el reconocimiento,

no aprenden a valorar a los demás.

Si son educados sin aprobación,

aprenden a buscar relaciones tóxicas.

Si viven entre mentiras,

no aprenden el valor de la verdad.

Si son tratados sin amabilidad,

nunca aprenden a respetar a los otros.

Si los niños crecen en un entorno de seguridad,

aprenden a no temerle al futuro.

Y si viven sus años más tempranos rodeados de amor sincero,

aprenden que el mundo es un maravilloso lugar donde vivir.”

  

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