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Una gripe el día de la boda; quedarse sin voz cuando toca defender la tesis doctoral; que se inflame una rodilla antes de la gran maratón… o algo más grande, una enfermedad crónica o terminal. ¿Cómo nos posicionamos ante tales circunstancias?


Podemos hacer caso omiso a nuestro cuerpo, atiborrarnos de fármacos y seguir con lo planeado o, tal vez, posponer la actividad para cuando estemos en mejor estado. La mayoría de las decisiones las tomamos guiados por la racionalización de nuestros valores. También existe la opción de observar el síntoma y preguntarnos por su utilidad.

Si el problema se soluciona rápidamente, seguir con nuestra vida nos resultará bastante fácil. Mientras que, si se trata de algo más grave, nos veremos obligados a buscar nuevos recursos para seguir.

Con la dolencia, vamos pasando por diferentes etapas en las que frenamos la actividad, la incrementamos obviando lo que el cuerpo cuenta, maldecimos… Buscamos recursos dentro y fuera de nosotros mismos. Reclamamos cuidados y, minutos después, los rechazamos indignados. Adoptamos el rol de víctimas, de salvadores o de invencibles, según el momento. En definitiva, navegamos sin rumbo por no saber cómo llegar a la calma de la aceptación.

No siempre el “yo puedo” es la mejor arma. Parar, mirar lo que sucede y amar esa parte de nosotros que no nos gusta, nos abre las puertas de la tranquilidad.

Cuando decimos “sí”, aceptamos lo que tenemos en su totalidad y podemos ponernos en marcha para avanzar. Lejos de darnos por vencidos, no nos rendimos, acogemos. Miramos de frente nuestra plenitud y amamos cada parte de nuestro ser, sana o no. Decidimos ser todo lo que somos, y con ello caminar. La humildad nos ayuda a acoger la enfermedad y el dolor como parte que constituye nuestro ser.

Cuando nos aceptamos completamente, también lo hacemos con las señales de alarma que nos muestra nuestro cuerpo. El amor pleno a nosotros mismos y el reconocimiento amoroso de la dolencia, permite que los síntomas nos hablen de vida y emociones. Escuchando lo que ellos nos dicen, nos abrimos a la posibilidad de entender su función, poderles responder y restablecernos.

Al acoger la enfermedad, nos permitimos estar con ella y dejar la inútil lucha desgastante, obteniendo una nueva fuente de energía con la que seguir nuestro camino de vida.



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