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Dejar un trabajo, terminar con una relación, cambiar de piso; son decisiones que pueden ser muy difíciles de tomar. Entre lo viejo conocido, que creemos que ya no funciona, y alcanzar lo nuevo desconocido, que nos ilusiona, hay un tiempo de incertidumbre, de impase.

¿Cuántas veces hemos creído que teníamos que hacer algo para cambiar nuestra vida pero nos faltaba energía para llevarlo a cabo? En la lucha entre la razón y la emoción, el cuerpo pierde fuerza. Para terminar con el conflicto, es conveniente reconocer nuestros miedos en la misma medida que lo hacemos con las ilusiones.

Se habla de la zona de confort como de un espacio de seguridad sin crecimiento, del que tenemos que salir como valientes dispuestos a correr todos los riesgos que se presenten. Racionalmente se puede ver así, pero las emociones tienen mucho que decir. Si tenemos muy claros los pasos a dar y seguimos estancados es que no ponemos atención a una parte de nosotros. Tal vez necesitemos una nueva opción, un apoyo o un tiempo para que el cuerpo integre el cambio que nuestra racionalidad entiende. Dar tiempo no significa enrocarse sin avanzar: se trata de reconocer lo que hay, en su totalidad (pensamientos, emociones, sensaciones…) para poder empezar con pequeños pasos sin tambalearnos, al ritmo que cada uno precise.

Nuestra racionalidad puede impulsarnos hacia lo nuevo, reprochando lo estático de lo viejo. Ante esa acción, si el cuerpo nos frena, busca protección ante lo desconocido. Entrar en discusión con uno mismo nos conduce a una espiral de auto-exigencia que angustia y fatiga. La lucha contra nosotros mismos es la más demoledora de las existentes. Parar y plantearnos qué beneficio nos aporta la situación actual y qué emociones nos despierta mantenerla o cambiarla, nos ayuda a ser más comprensivos y a resolver el entresijo.

Ambos escenarios nos aportan unas ventajas. La situación conocida nos ofrece seguridad, estabilidad, conservación… Mientras que, aquello que queremos lograr, nos abre a nuevas posibilidades de interacción con el mundo y al auto-conocimiento. En los dos espacios hay ganancias y pérdidas. Valorarlas emocionalmente, además de con la razón, nos permite respetar nuestras necesidades y tiempos, para acercarnos a la meta con mayor comodidad y firmeza.

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