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A lo largo de nuestra vida vamos iniciando y terminando multitud de relaciones, de amistad, de pareja, de trabajo… Algunas de ellas nos pasan prácticamente desapercibidas, otras, dejan una notable huella.

¿Qué pasa con esas relaciones terminadas que nos duelen? Podemos llorar, gritar, tapar, olvidar… Utilizamos la experiencia para aprender de los errores, lamentarnos durante años o ponerla de escudo para no volver a relacionarnos con tanta intensidad.

En ocasiones, nos dejamos atrapar por la rabia y la vamos alimentando con discursos enfocados en las heridas. Al actuar así, mantenemos activo el malestar pasado y excluimos la parte amable de la relación, permaneciendo enganchados al enfadado. Pero, en realidad, si duele, es que en algún tiempo fue algo hermoso. ¿Para qué ahogar los buenos momentos con el rencor? Si nos mantenemos en el enfado, nos atamos a la historia impidiéndonos avanzar. Necesitamos cambiar la mirada para recuperar la libertad.

Pasado el período de duelo y una vez recuperada la calma, es nuestra elección ampliar la mirada. ¿Cómo? Reconociendo lo que fue y agradeciendo lo vivido. Al tener en cuenta la belleza, las sonrisas y el cariño,  recobraremos nuestro impulso de crecimiento. Sin quedarnos apegados a los recuerdos, sólo asintiendo para seguir el camino con mayor conciencia y tranquilidad.

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