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Con la mirada chispeante y la boca abierta, observaba las decenas de brillantes luces. Su mamá le tiraba de la mano calle arriba. Papá les esperaba en la esquina para ir a casa de los abuelos. Esa era la noche que iba tanta gente, todos elegantes, perfumados y felices. Los mayores comían un pollo muy grande; los más pequeños, la rica tortilla de patatas de la abuela. Le encantaba esa noche. Podía recitar el verso que tanto había practicado en la escuela y cantar villancicos con los tíos. Su padre tocaba la pandereta mientras mamá cortaba otro último trozo de turrón. Bailaba, saltaba y jugaba con sus primos. Y siempre caía dormido en brazos de mamá, camino a casa. Lo más sorprendente era despertar y correr por el pasillo directo al árbol. Maravillado veía que ese señor gordo vestido de rojo también había venido este año. En el colegio le dijeron que, ahora que papá no tenía trabajo, ya no tendría regalos, pero no era cierto. Allí estaba su magnífica pelota envuelta con forma de caramelo gigante. Con ella, golearía a papá todas las horas del día pues lo tenía sólo para él. Esta era la mejor Navidad.

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