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Cuando una mujer se queda embarazada florece el vínculo más grande que pueda existir. En el mismo instante en que el hombre impulsa la fuerza de vida y la mujer la recoge y aloja, ambos cambian. Ese hombre y esa mujer empiezan a ser lo más bello que la naturaleza tiene: padres. En el vientre materno se teje la red de las dos familias con la que el nuevo ser crecerá. Una fuerza que viene de muy lejos, de siglos, de ancestros, se funde en uno. El sistema familiar perdurará y se desarrollará en él.

Cuando un bebé llega al mundo, miles de contextos y situaciones lo van acompañando cada día. Algunas tramas son actuales; otras, heredadas. Sus padres también se criaron entre circunstancias y con ellas lo educarán a él.

Su adultez le irá llegando con el tiempo y los aprendizajes. Un día puede que mire a sus progenitores y a la relación que tiene con ellos. Y tal vez olvide el vínculo que les une más allá de esos comportamientos circunstanciales.

Los padres actúan según sus experiencias, sus actitudes culturales y sociales, su personalidad… Con todo ello crían e impulsan la relación. Y el hijo puede valorar esa relación como agradable o mejorable, posicionádose entre el reclamo y la queja.

No pasa lo mismo con el vínculo. El vínculo de filiación, establecido entre padres e hijos, se ve envuelto en una estructura de unión que va más allá de la mera relación. Aparece en el mismo instante en el que la persona es engendrada y no desaparece jamás. Es puro Ser y constituyente esencial de lo que somos.

Mientras el nuevo adulto sólo vea la relación, demandará la perfección de quienes no son más que humanos. Se enfadará con sus padres y con lo que le dieron o le dan. Pedirá que las cosas sean diferentes y se lamentará de aquello que ellos le hicieron o no. De esta manera, rechazará la vida tal y como es, a su familia y, por consiguiente, también lo que le constituye a él mismo.

El verdadero adulto aprende a bajar la cabeza y a honrar aquello que ha recibido de sus progenitores, tal y como se lo han dado. El adulto puede ver el vínculo que les une y que ha hecho que él sea hijo y que ellos sean padres; que todo, tal cual, ha sido y es perfecto. Porque los vínculos de sangre nos conforman lo que somos: madre, padre, hijo, hermana, abuelo… Gracias a ellos la vida vive a través nuestro.

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