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En reiteradas ocasiones etiquetamos a los individuos por su forma de vestir, hablar, su trabajo o su espiritualidad. Como si un culturista no pudiera entender el sentido de la vida, o un maestro zen no pudiera robar.

Que fácil nos resulta juzgar cuando nos expresan opiniones diferentes a las nuestras. Apenas hablamos con alguien nuevo ya ponemos en marcha nuestro mecanismo más mordaz. Observamos, analizamos, comparamos y valoramos en base a nuestras experiencias y creencias.

La mayoría de veces ni siquiera preguntamos a aquel que está siendo objeto de nuestro juicio. No vale la pena desmentir las premisas. A fin de cuentas jamás nos hemos equivocado, ¿no? Y así, en un mecer entre la ignorancia y la arrogancia, vamos encasillando a las personas como si de objetos se tratasen.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado modificando la primera idea que teníamos del otro?
Nos sorprendemos cuando algo no encaja en esa personalidad que hemos fabricado sobre quienes nos rodean. Pero no hay problema, seguro que eso es lo único que no hemos entendido bien. O que lo hace o dice para despistarnos de esa realidad que le hemos descubierto. Así que, a modo de profecía, vamos encajando a la persona dentro del personaje inventado en nuestra mente. ¿Inventado? Sí, inventado, no lo conocemos, no le preguntamos y no nos abrimos a él; por lo tanto, única y exclusivamente, inventamos.

¿Cómo dejar de juzgar?
Los juicios se desarrollan mediante un diálogo interno que todos tenemos. Si prestamos atención a lo que nuestra mente dice, también podremos frenarla. Una vez detenemos la avalancha de sentencias y sus justificaciones, podemos escuchar plenamente al prójimo.

Apartarnos del impulso a juzgar nos dota de libertad para relacionarnos en un nivel más auténtico y productivo, sin creencias ni expectativas que puedan distorsionar la realidad.

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