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Con los años y la necesidad de ser socialmente aceptados, hemos ido desarrollando recursos para sentirnos integrados, reconocidos u obtener lo que deseamos en los diferentes grupos sociales donde nos relacionamos. Incluso en pequeños sistemas, con un amigo o una pareja, podemos comportarnos como creemos que el otro desea. En esas ocasiones, damos una imagen adaptada (más tranquila, sexi, complaciente…) a las expectativas que imaginamos que tienen. Dejamos de ser nosotros si actuamos en función del otro, por miedo a decepcionar, a que nos echen, a sentirnos solos…

A veces, pasamos tanto tiempo aparentando que se nos olvida la naturalidad. Tenemos tanto miedo a ser rechazados que ahogamos nuestra esencia en un sinsentido, intentado ser el personaje creado. Así, terminamos por no saber quienes somos, navegando entre la confusión y la derrota.

Para salir del juego es necesario tomar conciencia de nosotros y nuestra esencia. Para ello, ayuda tener claro los valores básicos que nos mueven. Y alinear lo que queremos con el pensamiento y los actos, para estar en sintonía con nosotros y con el mundo. Una vez encontramos el propio centro, tenemos que estar dispuestos a decepcionar a los demás. Si dejamos de ser lo que ellos esperan, pueden sorprenderse y molestarse. Pero iremos abriendo paso a una aceptación real de quienes somos. Mientras hacemos lo que esperan, a quien valoran es al personaje creado, a la máscara tras la que nos ocultamos. Cuando nos comportamos desde el sentir y pensar, a quien reconocen es a nosotros.

Somos únicos y valiosos con la totalidad de nuestras características, con nuestra plenitud, no con esos personajes arquetípicos que inventamos.

Ser honestos y coherentes con lo que sentimos, pensamos y hacemos, nos hará más plenos y libres.

¿Qué paso das hoy para avanzar hacia esa libertad?

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