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Muchos tenemos claro que la felicidad existe en nuestro interior. Sin depender de nada ni de nadie, vamos haciendo camino con una gran sonrisa. Pero, a veces, en momentos de flaqueza, de debilidad, puede aparecer un sentimiento de carencia que invada nuestro ser con una penetrante melancolía. A fin de cuentas, nuestra necesidad de relaciones tiene que ver con la condición de que somos seres sociales.
Podemos dejar que esa melancolía nos acune durante un tiempo, que nos llene cada rincón de nuestro cuerpo. Permitámonos sentir la emoción al completo. Y, después, la soltamos. Dejamos que se separe de nosotros y se aleje para retomar nuestro paso.

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