En muchas ocasiones pretendemos influir en actos y decisiones de otros en nombre del amor, del afecto o del conocimiento. ¿Cuántas veces hemos dado nuestra opinión sin que la pidieran? Una muestra de cariño y humildad surge cuando callamos nuestros consejos y confiamos en las capacidades de todo individuo.

Puede que alentemos a tomar decisiones a quien nos parece que no las ve, alegando que la solución resulta difusa cuando estamos implicados y muy sencilla cuando objetivamos el problema. Así nos tomamos la licencia de ayudar a decidir sobre actos que no nos confieren. Con ello, mermamos el aprendizaje y la evolución de esa persona. Incluso puede adquirir cierta dependencia de nosotros. ¿Cómo encontrará sus soluciones si se acostumbra a las nuestras?

Tal vez, aquello que inicialmente veamos muy claro no sea lo que el otro necesite en ese momento o en su particular situación. Y estemos animándolo, sin saberlo, a cometer un error para el que no esté preparado aún.

Cada individuo tiene su manera de ver el mundo y de desarrollarse en él. Asumir la responsabilidad de actos y decisiones es un proceso que se inicia en la infancia y se afianza con el tiempo y los contratiempos. Al tomar decisiones y equivocarnos impulsamos nuestro crecimiento. El premio que se obtiene con la responsabilidad es tener en las manos nuestra propia felicidad.

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