Hay momentos o situaciones en que los pensamientos parecen golpear las paredes de nuestra mente. Una idea tras otra va emergiendo y enredándose con la anterior. Tanto si es algo circunstancial como si se repite con frecuencia, cuanto más procuramos frenar esa reverberación mental, menos calma logramos. Nuestras emociones se alteran y, con ellas, nosotros.

¿Cómo recuperar la serenidad? Tenemos diversos sistemas que nos pueden ayudar a conseguir calma mental. Algunos métodos tratan de frenar y evadirse de la idea repetitiva, logrando un aparente y temporal sosiego.

Hemos desarrollado una gran capacidad para autoengañar a nuestra consciencia, pero ese sistema no funciona con todo el cuerpo. Puede que nos creamos con la mente en calma, tenemos una buena herramienta: cada vez que aparece ese pensamiento repetitivo, lo tapamos con otra cosa. Mientras tanto, nos va interrumpiendo un dolor de estómago, de espalda, el insomnio…lo que hace sospechar que ese estado sosegado sólo está en nuestra mente y no en nuestro cuerpo.

Imaginemos a los pensamientos como el agua de una pecera. Si ese agua se agita, si nuestros pensamientos se revolucionan, cada vez que intentamos detenerla se multiplica su movimiento. ¿Cómo vamos a mantener el agua quieta si ponemos la mano? De pequeños, ya aprendimos que era mejor no tocarla. Lo mismo podemos hacer con ese torbellino de ideas. Nos sentamos en calma y miramos su movimiento. Sin implicarnos ni intervenir, observamos esa aparición acelerada de ideas. Aceptamos la existencia de ese pensamiento y de los otros que se suceden. No se trata de ir justificando su aparición, sencillamente reconocemos su existencia. Y vamos tomando distancia interna para observarlos en su conjunto, sin juicio.

Poco a poco podremos notar el desvanecimiento del enredo mental y sus efectos. Una vez recuperada la calma, nos será más fácil solucionar cualquier percance, retomando nuestro control.

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