Es curioso comprobar cómo el tiempo nos puede hacer ver las cosas desde otra posición. Mientras vivimos ciertas situaciones es posible que la implicación emocional fomente discursos narrativos poco constructivos. Podríamos decir que la emoción nos atrapa nuestra racionalidad. Al tomar distancia vamos cubriendo lo sucedido con el manto del olvido, a pesar de que nuestro comportamiento tiene su influencia. Pasado un tiempo, si revisamos los hechos, podemos reconstruir una nueva narrativa facilitadora.

Pongamos el caso: casualmente nos encontramos con un antiguo conocido, por quien una fuerte emocionalidad nos arrolló hace años. Saludamos y compartimos palabras, incluso algunos reproches disfrazados de ironías. Al alejarnos, rememoramos aquello que sucedió, aquel enfado y sus pretendidos motivos. Con la calma del ahora, empezamos a reconocer la sombra de su antigua actitud en algunos comportamientos nuestros. Reconstruimos la historia con otra comprensión y nos liberamos del antiguo resentimiento. Incluso podemos reconocer cómo hoy tenemos algunos comportamientos impulsados por lo vivido.

¿Quién dijo que la historia no se podía cambiar? Los hechos son los mismos pero la narración de estos puede generar una nueva realidad subjetiva. Al variar la historia cambiamos nuestras justificaciones y posición. Nos enriquecemos con el aprendizaje y proseguimos nuestro camino más ligeros.

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