¿Qué hacemos cuando tenemos que tomar una decisión importante?
En repetidas ocasiones nos encontramos en una encrucijada. Los motivos pueden ser muy diferentes: cambiar de trabajo, terminar una relación o empezarla, sincerarnos con alguien…incluso decidir dónde vamos de vacaciones. Tomar una decisión, escoger un camino, comporta desestimar o posponer el resto. En repetidos casos empezamos a auto-preguntarnos y valorar las diferentes posibilidades. Podemos hacer listas de ventajas e inconvenientes, consultarlo con amigos, debatirlo mentalmente…hacemos que nuestra razón encuentre la justificación para decidir una u otra cosa.
Si tan solo fuéramos seres racionales y nuestra razón no tuviera la carga de creencias, podríamos resolver cualquier duda como si de un problema matemático se tratase. Pero todo aquello que pensamos está drásticamente moldeado por procesos educativos, influencias externas y creencias adquiridas o impuestas. Así, nuestra razón se encuentra más o menos inmersa en un sinsentido de apariencia racional. Y ¿cómo tomar una decisión correcta ante tal situación? Si liberamos nuestros pensamientos, dejamos la mente en calma, permitimos que las valoraciones pasen de largo, podemos ir escuchando lo que el cuerpo dice. ¡Hagamos la prueba! Detengámonos un instante y pongamos atención a nuestro estado físico. Concentremos los pensamientos en las sensaciones que recorren nuestro cuerpo. Podemos formularnos las preguntas: ¿qué siento escogiendo esto o aquello? ¿Dónde lo siento? ¿Con qué vibro más?…
Durante unos minutos permitamos que sea la emoción la que domine nuestro mundo, que sea el cuerpo quien mayor información nos dé. A fin de cuentas, cualquier decisión nos conducirá a un estado emocional. Tomemos conciencia sensitiva antes de que, una vez más, nuestra pretendida racionalidad nos haga equivocar.

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