​El disfraz con el que caminamos

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Tenemos tanto miedo a mostrar nuestra vulnerabilidad, nuestra realidad y esencia que vamos disfrazándonos por la vida y vemos al otro como portador de otro disfraz. En lugar de desnudarnos y, valientes, presentarnos con nuestras luces y sombras, nos cubrimos de una fachada socialmente aprendida.

¿Cuán sincero somos? Cuántas cosas son las que no decimos generando dudas y cuántas las que suponemos, imaginamos, inventamos, en lugar de preguntar abiertamente.

¿A qué nos lleva? A crear un mundo de fantasía dónde nada es real. Generamos expectativas en función a nuestras creencias e imaginación y nos frustramos al descubrir que las cosas no se adaptan a ellas.

Permitimos que sea la mente la que controle todo y permanecemos atrapados en su jaula social. Desconectados del cuerpo y de diferentes emociones, nos juzgamos a nosotros así como al otro, valorando solo el disfraz. 

Lo que logramos es sentirnos incompletos, por supuesto, ya que nos separamos de nosotros mismos auto-criticándonos y doblegándonos. Pretendemos que sean los otros los que nos completen y acepten, cuando no somos capaces de aceptarnos nosotros. Para recibir la atención de los demás nos ponemos el mejor disfraz, negando cada vez más nuestra esencia, entrando en una espiral que se retro-alimenta, en la que, cuanto más aparentamos, más nos distanciamos de nuestra verdad y más incompletos nos sentimos.

¿Para qué nos ocultamos?
Para protegernos, para que nos quieran y para, aparentemente, adaptarnos. Sin darnos cuenta de que esa máscara es lo que más nos destruye, nos separa y llega a aislarnos del otro. Y lo llevamos a tal extremo que hasta nosotros mismos nos olvidamos de lo que realmente somos. Qué bien hemos aprendido nuestro papel, cuánto ha calado en nuestra mente.

¿Cómo recuperar nuestra esencia? Respirando con consciencia, atendiendo a los ritmos de nuestro corazón, regresando al cuerpo, respetando nuestras emociones y asintiendo a lo que descubrimos sobre nosotros mismos; atendiendo a lo que sentimos, dónde lo sentimos y cómo lo sentimos; observando nuestro comportamiento y aceptando nuestra responsabilidad.

Cuando nos amemos de verdad no temeremos presentarnos tal cual somos. Nuestra vulnerabilidad será nuestra fuerza. A partir del amor propio, podremos amar al otro, acogiendo sin juicio lo que vemos, así cómo lo que aún no pueda revelar.

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